LA MORAL DEL AJEDREZ

Por Benjamín Franklin (1779)

El Ajedrez es el juego más universal y antiguo conocido entre los hombres; su origen está más allá de la memoria de la historia, y ha sido para innumerables generaciones, el entretenimiento de todas las naciones civilizadas de Asia: los Persas, los Indios, y los Chinos. Europa lo ha tenido por algo más de mil años; los Españoles lo han esparcido sobre su parte de América, y recientemente empieza a hacer su aparición en estos Estados. Es tan interesante en si mismo, como para que no sea necesaria la visión de una ganancia material para inducir a practicarlo; y de allí que nunca se juegue por dinero. Aquellos, por lo tanto, que tienen ocio para tales diversiones, no pueden encontrar una que sea más inocente; y el siguiente texto, escrito con intención de corregir algunas pequeñas indecencias en su práctica (entre unos pocos jóvenes amigos), muestra al mismo tiempo que puede ser, en sus efectos sobre la mente, no meramente inocente, sino ventajoso, tanto para el vencido como para el vencedor. El Juego del Ajedrez no es meramente una vaga diversión. Varias cualidades muy valiosas de la mente, útiles en el curso de la vida, podrán ser adquiridas o reforzadas con él, hasta llegar a ser hábitos, listos en toda ocasión. La Vida es una clase de Ajedrez, en que tenemos a menudo puntos para ganar, y competidores o adversarios con los que contender, y en donde hay una vasta variedad de acontecimientos, buenos y malos, que son, en algún grado, los efectos de la prudencia o la necesidad de ella. Jugando al ajedrez, entonces, podemos aprender:

I. Previsión, que mira un poco hacia el futuro, y considera las consecuencias que puede tener una acción; lo que le ocurre continuamente al jugador, "Si muevo esta pieza, ¿cuáles serán las ventajas de mi nueva situación? ¿Qué uso puede hacer mi adversario de ella para molestarme? ¿Qué otros movimientos puedo hacer para sostenerla, y para defenderme de sus ataques?"

II. Circunspección, que inspecciona el tablero de ajedrez entero, o la escena de la acción, las relaciones entre las numerosas piezas y situaciones, los peligros a los que cada una de ellas está expuesta, las distintas posibilidades de apoyarse entre ellas, las probabilidades que el adversario pueda hacer éste o aquél movimiento, y ataque ésta o la otra pieza; y qué diferentes medios se pueden utilizar para evitar su golpe, o hacer tornar sus consecuencias contra él.

III. Cuidado, no hacer nuestros movimientos demasiado apresuradamente. Este hábito es adquirido mejor, observando estrictamente las leyes del juego, tales como, "Si usted toca una pieza, usted la debe mover a algún lugar; si usted la soltó, usted debe dejarla ahí" y, por lo tanto, cuanto mejor se observen estas reglas, el juego llega a ser más la imagen de la vida humana, y especialmente de la guerra, en que, si usted se ha puesto incautamente en una posición mala y peligrosa, no va a poder obtener permiso de su enemigo para retirar a sus tropas, y colocarlas en un ligar más seguro, pero debe asumir todas las consecuencias de su temeridad.

Y, por último, aprendemos por el ajedrez el hábito de no ser desalentados por las actuales malas apariencias en el estado de nuestros asuntos, de esperar un cambio favorable, y de perseverar en la búsqueda de recursos. El juego está tan repleto de acontecimientos, hay tal variedad de cambios en él, su suerte está tan sujeta a vicisitudes repentinas, y uno tan frecuentemente, después de la contemplación, descubre los medios de salir de una dificultad supuestamente insuperable, que uno tiene el valor de continuar la contienda hasta el final, con esperanzas de victoria por nuestra propia habilidad o, por lo menos, de obtener un mate ahogado por la negligencia de nuestro adversario. Y quienquiera que considere, lo que en ajedrez es común ver, que pedazos particulares de éxito son propensos a producir la presunción, y su consecuencia, la falta de atención, frecuentemente debe su derrota a su ventaja anterior, mientras que las desgracias producen más cuidado y atención, por las cuales la pérdida se puede recuperar, y se aprenderá a no estar demasiado desanimado por el presente éxito del adversario, ni a desesperar por la buena fortuna final, por cada pequeño jaque que reciba en su persecución. Que podamos, por lo tanto, ser inducidos más frecuentemente a elegir esta diversión beneficiosa, en preferencia a otras que no tienen las mismas ventajas, cada circunstancia que pueda aumentar los placeres hacia ella se debe considerar; y cada acción o palabra que sea injusta, irrespetuosa, o que de alguna manera pueda dar intranquilidad, se debe evitar, siendo contraria a la intención inmediata de ambos jugadores, que es pasar el tiempo agradablemente. Por lo tanto, antes que nada: si se concuerda en jugar según las reglas estrictas, entonces esas reglas deberán ser observadas exactamente por ambos bandos; y no deben ser requeridas para un lado, mientras se dejen pasar por el otro: porque eso no es equitativo. En segundo lugar. Si se concuerda en no observar las reglas exactamente, pero un bando demanda indulgencias, entonces debe estar dispuesto a permitirlas al otro. Tercero. Ninguna jugada ilegal debe ser hecha jamás para salir de una dificultad, o para ganar una ventaja. No puede haber placer en jugar con una persona a la que alguna vez se detectó en tales prácticas injustas. Cuarto. Si su adversario se tarda en jugar, usted no lo debe apurar, ni expresar ninguna intranquilidad por su demora. No debe cantar, ni silbar, ni mirar su reloj, ni tomar un libro para leer, ni golpetear con sus pies en el piso, ni con los dedos sobre la mesa, ni hacer ninguna cosa que pueda perturbar su atención. Porque todas estas cosas desagradan; y ellas no muestran su habilidad para jugar, pero sí su astucia u ordinariez. Quinto. No debe intentar entretener y engañar a su adversario, fingiendo haber hecho malas jugadas, y diciendo que usted ahora ha perdido el juego, para que él se sienta seguro y se descuide, y esté poco atento a sus estratagemas; porque esto es un fraude y engaño, no habilidad en el juego. Sexto. No debe, cuando ha ganado una partida, utilizar cualquier expresión triunfante o insultante, ni demostrar demasiado placer; pero debe intentar consolar a su adversario para que quede menos disconforme, con cualquier expresión civilizada, que se puede utilizar con la verdad, tal como, "Usted entiende el juego mejor que yo, pero es un poco desatento;" o, "Usted tuvo mejor juego, pero algo sucedió para desviar sus pensamientos, y eso jugó en mi favor." Séptimo. Si usted es un espectador mientras otros juegan, observe el más perfecto silencio: Porque si usted da un consejo, ofende a ambos jugadores; aquel contra quien usted lo da, porque puede causar la pérdida de su juego; y el otro, a quien favorece, porque, aunque sea bueno, y él lo sigua, pierde el placer que podría haber tenido, si le hubiera permitido que él pensara hasta que se le ocurriera. Aún después que una jugada o varias, usted no debe, moviendo las piezas, mostrar cómo se podría haber jugado mejor: porque desagrada, y puede haber disputas o dudas acerca de la verdadera posición. Toda charla con los jugadores disminuye o desvía su atención, y es por lo tanto desagradable: Ni le debe dar la mínima pista a algún jugador, por cualquier clase del ruido o movimiento. Si usted lo hace, es indigno de ser un espectador. Si usted tiene en mente ejercitar o mostrar su juicio, hagalo al jugar su propia partida cuando tenga una oportunidad, no en criticar, o entremeterse, o aconsejar en el juego de los otros. Por último. Si el juego no fuera jugado rigurosamente según las reglas ya mencionadas, entonces modere su deseo de victoria sobre su adversario, y sea agradecido con alguien que lo supere. No aproveche con ansia cada ventaja ofrecida por su inhabilidad o falta de atención; pero indíquele amablemente, que con esa jugada coloca o deja una pieza amenazada y no defendida; que con esa otra pondrá a su rey en una situación peligrosa, etc. Por esta generosa cortesía (tan contraria a lo desagradablemente prohibido) puede suceder, verdaderamente, que usted pierda el juego con su adversario, pero usted ganará, lo que es mejor, su estima, su respeto, y su cariño; juntos con la aprobación silenciosa y buenos deseos de los espectadores imparciales.

(Traducción: Fernando Pedró)

 

THE MORAL OF CHESS

By Benjamín Franklin (1779)

 

Playing at Chess, is the most ancient and the most universal game known among men; for its original is beyond the memory of history, and it has, for numberless ages, been the amusement of all the civilized nations of Asia, the Persians, the Indians, and the Chinese. Europe has had it above a thousand years; the Spaniards have spread it over their part of America, and it begins lately to make its appearance in these States. It is so interesting in itself, as not to need the view of gain to induce engaging in it; and thence it is never played for money. Those, therefore, who have leisure for such diversions, cannot find one that is more innocent ; and the following piece, written with a view to correct (among a few young friends) some little improprieties in the practice of it, shows at the same time that it may, in its effects on the mind, be not merely innocent, but advantageous, to the vanquished as well as to the victor. The Game of Chess is not merely an idle amusement. Several very valuable qualities of the mind, useful in the course of human life, are to be acquired or strengthened by it, so as to become habits, ready on all occasions. For Life is a kind of Chess, in which we have often points to gain, and competitors or adversaries to contend with, and in which there is a vast variety of good and ill events, that are, in some degree, the effects of prudence or the want of it. By playing at chess, then, we may learn,

I Foresight , which looks a little into futurity, and considers the consequences that may attend an action ; for it is continually occurring to the player, "If I move this piece, what will be the advantages of my new situation? What use can my adversary make of it to annoy me? What other moves can I make to support it, and to defend myself from his attacks?"

II. Circumspection , which surveys the whole chess-board, or scene of action, the relations of the several pieces and situations, the dangers they are respectively exposed to, the several possibilities of their aiding each other, the probabilities that the adversary may make this or that move, and attack this or the other piece ; and what different means can be used to avoid his stroke, or turn its consequences against him.

III. Caution , not to make our moves too hastily. This habit is best acquired by observing strictly the laws of the game, such as, "If you touch a piece, you must move it somewhere ; if you set it down, you must let it stand:" and it is therefore best that these rules should be observed, as the game thereby becomes more the image of human life, and particularly of war; in which, if you have incautiously put yourself into a bad and dangerous position, you cannot obtain your enemy's leave to withdraw your troops, and place them more securely, but you must abide all the consequences of your rashness.

And, lastly, we learn by chess the habit of not being discouraged by present bad appearances in the state of our affairs, the habit of hoping for a favorable change , and that of persevering in the search of resources . The game is so full of events, there is such a variety of turns in it, the fortune of it is so subject to sudden vicissitudes, and one so frequently, after contemplation, discovers the means of extricating one's self from a supposed insurmountable difficulty, that one is encouraged to continue the contest to the last, in hopes of victory by our own skill, or, at least, of giving a stale mate, by the negligence of our adversary. And whoever considers, what in chess he often sees instances of, that particular pieces of success are apt to produce presumption, and its consequent, inattention, by which more is afterwards lost than was gained by the preceding advantage, while misfortunes produce more care and attention, by which the loss may be recovered, will learn not to be too much discouraged by the present success of his adversary, nor to despair of final good fortune, upon every little check he receives in the pursuit of it, That we may, therefore, be induced more frequently to choose this beneficial amusement, in preference to others which are not attended with the same advantages, every circumstance which may increase the pleasures of it should be regarded; and every action or word that is unfair, disrespectful, or that in any way may give uneasiness, should be avoided, as contrary to the immediate intention of both the players, which is, to pass the time agreeably. Therefore, firstly: If it is agreed to play according to the strict rules, then those rules are to be exactly observed by both parties ; and should not be insisted on for one side, while deviated from by the other: for this is not equitable. Secondly. If it is agreed not to observe the rules exactly, but one party demands indulgences, he should then be as willing to allow them to the other. Thirdly. No false move should ever be made to extricate yourself out of a difficulty, or to gain an advantage. There can be no pleasure in playing with a person once detected in such unfair practices. Fourthly. If your adversary is long in playing, you ought not to hurry him, or express any uneasiness at his delay. You should not sing, nor whistle, nor look at your watch, nor take up a book to read, nor make a tapping with your feet on the floor, or with your fingers on the table, nor do any thing that may disturb his attention. For all these things displease ; and they do not show your skill in playing, but your craftiness or rudeness. Fifthly. You ought not to endeavour to amuse and deceive your adversary, by pretending to have made bad moves, and saying you have now lost the game, in order to make him secure and careless, and inattentive to your schemes; for this is fraud, and deceit, not skill in the game. Sixthly. You must not, when you have gained a victory, use any triumphing or insulting expression, nor show too much pleasure ; but endeavour to console your adversary, and make him less dissatisfied with himself by every kind and civil expression, that may be used with truth, such as, "You understand the game better than I, but you are a little inattentive ;" or, "You had the best of the game, but something happened to divert your thoughts, and that turned it in my favour." Seventhly. If you are a spectator while others play, observe the most perfect silence: For if you give advice, you offend both parties ; him, against whom you give it, because it may cause the loss of his game; him, in whose favour you give it, because, though it be good, and he follows it, he loses the pleasure he might have had, if you had permitted him to think till it occurred to himself. Even after a move or moves, you must not, by replacing the pieces, show how it might have been played better: for that displeases, and may occasion disputes or doubts about their true situation. All talking to the players, lessens or diverts their attention, and is therefore unpleasing: Nor should you give the least hint to either party, by any kind of noise or motion. If you do, you are unworthy to be a spectator. If you have a mind to exercise or show your judgement, do it in playing your own game when you have an opportunity, not in criticising, or meddling with, or counselling the play of others. Lastly. If the game is not to be played rigorously according to the rules above mentioned, then moderate your desire of victory over your adversary, and be pleased with one over yourself. Snatch not eagerly at every advantage offered by his unskillfulness or inattention; but point out to him kindly, that by such a move he places or leaves a piece in danger and unsupported; that by another he will put his king in a dangerous situation, &c. By this generous civility (so opposite to the unfairness above forbidden) you may, indeed, happen to lose the game to your opponent, but you will win what is better, his esteem, his respect, and his affection; together with the silent approbation and good will of impartial spectators.